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La música desechable y arte efímero en la era digital

Jun 25, 2025

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Nunca en la historia de la humanidad había sido tan fácil lanzar una canción al mundo… y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil olvidarla.

Vivimos en la era de la música desechable, un tiempo vertiginoso donde las plataformas digitales dictan un ritmo implacable de consumo y olvido, relegando la creación artística a un segundo plano, como si se tratara de un producto de un solo uso, fugaz, perecedero, casi invisible.

Lanzar una canción hoy no es simplemente escribir una melodía o entonar una letra. Es un proceso largo, minucioso, profundamente humano y técnico a la vez.

Detrás de cada tema que asoma su cabeza en el inmenso océano sonoro del streaming, hay días, semanas, meses o hasta años de trabajo. El compositor que se desvela en la búsqueda de palabras sinceras y rimas de sincronía absoluta, el arreglista que talla la armonía con precisión quirúrgica, los músicos que imprimen alma a cada nota, los ingenieros que capturan con fidelidad cada sonido, los expertos en mezcla y masterización que pulen la obra hasta hacerla brillar como diamante sonoro.

Y no termina ahí: hay que pensar en la imagen, en la fotografía, en la estética visual de la portada, en la historia que se quiere contar a través de un videoclip. Se requiere equipo técnico, cámaras, luces, vestuario, locaciones, montaje, edición… Y aun con todo ese esfuerzo, la canción puede desaparecer en un suspiro, como si jamás hubiera existido.

Antes, en el tiempo analógico, una canción tenía vida, ya que se lanzaba y se sembraba con paciencia en la radio, en las fiestas, en los oídos de las familias. Se escuchaba, se cantaba, se repetía y tardaba en llegar, pero cuando lo hacía, permanecía.

Una canción podía estar un año en los primeros lugares, adueñarse del alma de un país, convertirse en himno de una generación porque era parte del tejido emocional de una sociedad.

Hoy, en cambio, la música se lanza a las plataformas como si se arrojara una botella al mar; con esperanza, pero sin garantías y a los pocos días, cuando mucho una semana, ya está sepultada por miles de lanzamientos nuevos que acaparan la atención cortoplacista del público y los medios.

La industria exige inmediatez, novedad, ritmo de máquina y las canciones se consumen rápido, sin tiempo para degustarlas, sin permitir que el oyente se apropie de ellas, las sienta, las entienda, las haga suyas.

Este fenómeno ha creado una paradoja dolorosa, porque la producción musical es cada vez más compleja, costosa y exigente, pero su vida útil es cada vez más breve y fugaz y lo que en otro tiempo era un acto casi sagrado, publicar una canción, hoy se ve reducido a una estadística, a un «play», a unos segundos de atención, a una historia de Instagram o en el algoritmo de una playlist.

El videoclip, que antes era una extensión artística del mensaje sonoro, ahora se ha convertido en una obligación porque si no hay video, no hay canción. Y ese film, por más elaborado y bello que sea, será visto una vez y reemplazado por el siguiente, como una postal que se hojea y se olvida.

Este nuevo orden impone un reto mayúsculo para los compositores, intérpretes y productores: ¿cómo lograr que una obra penetre en un nicho, que conquiste un corazón, que sobreviva a la marea digital? 

En tiempos donde el algoritmo reemplaza al criterio, donde la atención dura menos que un suspiro, hacer música que perdure es casi un acto de resistencia.

La música desechable es el síntoma de una sociedad que devora contenidos, pero no los digiere, que exige inmediatez, pero no cultiva memoria, y sin memoria, la música pierde su sentido más profundo, como el de ser refugio, espejo, testimonio y emoción.

Tal vez haya que regresar a la pausa, al asombro, a la escucha lenta y quizás haya que volver a mirar a la canción como lo que es: una obra de arte que merece respeto, tiempo y permanencia.

No olvidemos que detrás de cada canción hay un pedazo de alma y el alma por naturaleza, no es desechable, es eterna.

Cito aquí el eslogan de SAYCO: “Porque la canción que escuchas, cantas o bailas, tiene un compositor” … y en este caso hay mucho más que un creador. Hay un equipo de creativos, hay recursos, inversión; hay talento humano, tecnología. Y al final del costoso y largo periplo, hay una canción.

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Jun 25, 2025

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