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«La propina es voluntaria»…

May 19, 2026

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La propina, dicen, es voluntaria; voluntaria como esos mensajes de los bancos que “sugieren” un nuevo cobro, voluntaria como las reuniones laborales “opcionales” un sábado a las siete de la mañana, o voluntaria como cuando el mesero permanece inmóvil al lado de la mesa observando fijamente mientras uno decide si desea “incluir el servicio”.

Porque claro, según la ley colombiana, nadie está obligado a pagar propina; la famosa “propina voluntaria” fue reglamentada mediante la Ley 1935 de 2018, donde se establece claramente que ese dinero corresponde a un reconocimiento facultativo del consumidor por un buen servicio recibido o sencillamente porque le nace hacerlo y que el establecimiento debe preguntar previamente si desea incluir o no en la factura.

Hermoso en el papel; poético, casi democrático, el problema comienza cuando la teoría se estrella contra la realidad de los restaurantes modernos, donde la cuenta llega ya con el célebre “servicio sugerido” cuidadosamente instalado entre los impuestos y el total final, casi como quien esconde una letra menuda esperando que el cliente no pregunte mucho porque ya bastante susto le produjo el valor de una pechuga con ensalada, papas y jugo de mandarina.

Y es que realmente hoy salir a comer parece un ejercicio financiero de alto riesgo; uno entra por hambre y sale preguntándose si accidentalmente compró acciones del establecimiento.

Un plato normal, de esos que hace algunos años resolvían una comida tranquila, ahora cuesta cifras que harían llorar hasta a un ministro de Hacienda; y cuando uno apenas intenta recuperarse emocionalmente del precio del almuerzo aparece la cereza del postre: “¿Desea incluir el servicio?”

Qué pregunta tan elegante para decir: “¿Quiere sentirse culpable frente a todo el restaurante si responde que no?”

Porque ahí está el verdadero arte moderno de la propina, es decir, convertir una decisión económica en un juicio moral; si uno acepta, perfecto; si duda, comienzan las miradas diplomáticas; y si se atreve a decir que no, automáticamente entra al exclusivo club nacional de los tacaños, insensibles y enemigos de la clase trabajadora.

Aunque el problema nunca ha sido el trabajador, nadie discute que un mesero merece respeto y buena remuneración; lo verdaderamente incómodo es que lentamente se le trasladó al cliente una responsabilidad que históricamente corresponde al empleador.

Porque el mesero ya recibe un salario por atender mesas, llevar platos y tomar pedidos; igual que el conductor recibe salario por conducir o el cajero por cobrar; sin embargo, pareciera que en la industria gastronómica moderna llevar una limonada hasta la mesa se hubiera convertido en una hazaña épica digna de compensación extraordinaria.

Y lo más curioso es que muchas veces ni siquiera existe realmente servicio; ahora uno mismo escanea el código QR, lee el menú en el celular, hace largas y tortuosas filas, pide en caja, paga anticipado, busca cubiertos y aun así aparece la propina sugerida como si detrás hubiera ocurrido una experiencia de cinco estrellas en Dubái.

En algunos sitios el cobro ya viene prácticamente impuesto en la factura y retirarlo obliga a llamar al administrador, explicar razones existenciales y soportar un ambiente donde pareciera que uno hubiera cometido evasión fiscal internacional.

Todo esto mientras el precio de los restaurantes alcanza niveles delirantes; una hamburguesa artesanal vale más que una cuota del carro, un café con leche parece calculado en euros y una ensalada decorativa cuesta lo mismo que media despensa familiar.

Claro, siempre aparece quien dice: “Si no tiene para pagar propina, no salga”. Maravillosa filosofía.

Bajo esa lógica, pronto también habrá que dejar propina en la panadería por entregar el pan caliente, en la droguería por encontrar el acetaminofén o en la estación de gasolina por no incendiar el vehículo durante el tanqueo.

El asunto ya dejó de ser un gesto espontáneo de agradecimiento para convertirse lentamente en un mecanismo socialmente presionado y comercialmente normalizado.

Y sí, esto no es exclusivo de Colombia; en Estados Unidos la cultura de la propina terminó degenerando en una especie de impuesto paralelo donde algunos establecimientos esperan porcentajes absurdos aun cuando el servicio sea mediocre. Lo preocupante es que varios sectores aquí parecen mirar ese modelo con peligrosa admiración empresarial.

Se acepte o no, para muchos establecimientos la propina terminó siendo el negocio perfecto; el cliente paga más, el trabajador depende emocionalmente de la simpatía del consumidor y el dueño incrementa ingresos sin asumir completamente el costo laboral que debería corresponderle. Negocio redondo; tan redondo como la cuenta cuando llega.

Y quizá el momento donde todo este sofisticado teatro de la “propina voluntaria” alcanza niveles magisteriales es cuando aparece el romance; el galán invita a su nueva conquista a cenar, llega el mesero con voz ceremoniosa, recomienda “el vino de la casa”, que casualmente suele ser el más barato del distribuidor y aun así termina costando una cifra capaz de financiar media cosecha de uvas en Sudamérica.

Y entonces llega la cuenta y es ahí cuando aparece nuevamente el famoso “servicio sugerido”, observando sigilosamente desde la parte inferior de la factura como una prueba definitiva de hombría, generosidad y éxito financiero; porque seamos honestos: ¿quién se atreve delante de la persona que intenta conquistar a decir que no desea pagar propina? Nadie quiere pasar de seductor a miserable en menos de diez segundos y el restaurantero lo sabe.

Por eso el verdadero ingrediente secreto de muchos establecimientos ya no es la receta, ni la sazón, ni la decoración vintage con bombillos amarillos o frascos de compotas adecuados como candelabros; el verdadero negocio está en haber descubierto que la culpa, la presión social y el deseo de aparentar siguen siendo los condimentos más beneficiosos del mercado.

La propina sigue siendo voluntaria, SÍ; tan voluntaria como ese incómodo silencio que aparece cuando alguien decide ejercer exactamente el derecho que la ley le reconoce y si verdaderamente la propina es voluntaria, nadie tendría el derecho a preguntar: ¿Desea incluir la propina? Bastaría con fijar un aviso grande en la caja que diga. «La propina es voluntaria»…

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«La propina es voluntaria»…

May 19, 2026

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