Un espacio de información y libertad
Las consecuencias del capricho, un paso seguro a la autodestrucción
Compartir
En estos tiempos de inmediatez, de pensamiento cortoplacista y de impulsos enloquecidos, me refiero al capricho, esa llamarada súbita del deseo que, sin pedir permiso ni ofrecer disculpas, se instala en el trono de la voluntad y ordena con voz de emperador.
Y es que, el capricho no razona, no escucha, no espera, no sabe de causas nobles ni de consecuencias lógicas; simplemente quiere, y cual niño mimado nacido en cuna de oro, exige sin comprender, grita sin pensar y actúa sin mirar.
Pero no nos engañemos, porque el capricho no es inocente y más bien tiene la elegancia del error vestido de gala, la apariencia de libertad cuando en realidad es una cárcel con barrotes de azúcar, toda vez que, tras la figura de algo pequeño y trivial, siempre se esconde una catástrofe cuidadosamente acicalada de antojo.
Las consecuencias del capricho son tan silenciosas como certeras porque comienzan como una pequeña grieta en la pared de la sensatez, y terminan como un alud que arrastra todo lo que alguna vez fue sólido.
Detrás de cada «porque sí», suele venir un «¿por qué lo hice?». Pero claro, ya es tarde cuando el puente ha sido quemado con fósforos de arrogancia, y las cenizas no reconstruyen nuevos caminos.
El caprichoso, ese virtuoso de la impulsividad, se jacta de su osadía mientras el universo, con infinita paciencia, prepara la factura, esa que llega porque llega sin tregua ni contemplación.
¿Quisimos un amor porque brillaba como un juguete nuevo? Disfrutamos del vacío que deja cuando se apaga su luz artificial. ¿Abandonamos lo bueno por lo novedoso, lo firme por lo excitante, lo verdadero por lo llamativo?, ¿la lógica por la testarudez y arrogancia?, lo conveniente por lo perjudicial que gusta y alimenta hasta la gula en el deseo?
Si así lo hemos hecho, bienvenidos seamos, al club de los coleccionistas de errores caros, de esos que no se curan, no se reponen y no se pagan más que con las consecuencias de nuestras torpes actuaciones.
Y si el capricho en un individuo ya es un pequeño desastre con ínfulas de poema, el capricho en un mandatario, en un gobernante, en un gerente, en un presidente de empresa, ya sea grande o pequeña, es un cataclismo con corbata, porque cuando el poder se arrodilla ante el antojo, la sociedad paga los platos rotos y cuando un gobernante manda desde su vanidad, desde el humor cambiante y camaleónico de sus pasiones o desde la necedad de su ego inflamado, las comunidades se estancan, las regiones retroceden, los pueblos se desangran.
Basta un capricho para aprobar un contrato innecesario, para destruir un proyecto valioso, para levantar elefantes blancos con la firme convicción de que «se ve bonito», o para endeudar generaciones por satisfacer una megalomanía que ni Freud se atrevería a diagnosticar. Basta un capricho para despedir al que piensa distinto, para rodearse de aduladores y convertir el cargo en trono, el poder en espejo y la gestión en pantomima.
¿Y qué decir del hogar? El capricho en la vida conyugal es dinamita envuelta en celofán. Ese deseo de imponer, de ganar todas las discusiones, de cambiar de pareja como se cambia de ropa según el clima emocional del día.
El capricho hace que uno busque lo que no se le ha perdido, deseche lo que aún brilla, y termine arruinando una morada por no saber esperar, construir o perdonar. Caprichoso es quien rompe sin reparar, quien exige sin dar, quien ama a condición de ser obedecido, quien existe en la comodidad de sus avideces y aquel que no sabe más que vivir a costa del esfuerzo ajeno.
Y al final, cuando la familia se hace trizas, cuando los hijos pagan los platos rotos de la inmadurez adulta, se escucha la vieja frase: «yo no sabía que iba a terminar así». Pero lo sabía. Solo que el capricho hace mucho ruido y el juicio habla en los susurros agazapados entre las tinieblas.
El problema no es querer; el problema es ambicionar sin pensar, sin medir, sin analizar. Es convertir la voluntad en servidumbre de un impulso. Y como toda sumisión, deja marcas, las consecuencias del capricho deja grandes secuelas por siempre y para siempre, como quedan los hierros de fuego ardiente tatuados en la piel.
El caprichoso rara vez aprende a la primera, porque tiene memoria corta y ego largo. Tropezará con la misma piedra, alegando que esta vez la piedra “es diferente”. Cambiará de escenario, de personaje, de excusa, pero no de guión. Y así, una y otra vez, como una tragicomedia repetida, irá sembrando consecuencias con el fervor de quien cree que nunca llegará la cosecha.
Pero llega. Siempre llega; Porque la vida, con una pedagogía casi poética, le enseña al caprichoso lo que la razón no pudo. Lo deja sin aplausos, sin eco, sin espejos donde admirarse. Le devuelve, tarde o temprano, el reflejo de su propia ligereza y le desaparece los falsos aduladores que a sabiendas de lo que sabían, estaba mal hecho, siempre aplaudieron y sonrieron socarronamente ante las imposiciones de aquel o aquella que les recompensaba por su lambonería.
Si alguna vez sentimos ese cosquilleo impulsivo que nos susurra «hazlo, sin pensar», recordemos que el capricho es un experto cruel, que nos concede el deseo, pero nunca perdona el precio.
El capricho, se paga en ruinas, en soledad, o peor aún; en el remordimiento de haber tenido todo… y haberlo lanzado al abismo del… “porque me dio la gana”.











