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Los retos de los administradores de la cultura
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Recién arrancan los gobiernos departamentales y locales en Colombia y en la amplia nómina de colaboradores de los mandatarios aparecen los secretarios o directores de cultura, que a decir verdad, muchos de los elegidos son personas con conocimientos administrativos apartados del quehacer artístico y cultural y otros reconocidos artistas lejanos de los procesos estructurales y de las normas que rigen el sector.
La administración de la cultura contempla varias áreas fundamentales para el desarrollo físico y humano de los pueblos y entre ellos hay asuntos determinantes como la planificación, promoción y regulación de las actividades culturales.
La creación de un ministerio de cultura como el que opera en Colombia y en varios países latinoamericanos, o el surgimiento de direcciones, secretarías y casas de la cultura, refleja el reconocimiento por parte de los gobiernos sobre la importancia de esta área en la identidad nacional, el desarrollo social y el enriquecimiento de la vida de los ciudadanos.
Estos organismos desempeñan un papel clave en la formulación de políticas públicas y en la implementación de programas y proyectos destinados a preservar, promover y difundir la cultura; sin embargo, en casi todos los territorios ocupa el último puesto en prioridades de inversiones por parte de los ordenadores del gasto.
Aunque las funciones específicas de un organismo de cultura pueden variar según el país, la región o la zona, generalmente coinciden en asuntos de vital importancia para los pueblos como en la promoción cultural que busca desarrollar y promover iniciativas que fomenten el acceso a la cultura, la participación ciudadana en actividades culturales y el apoyo a las expresiones artísticas.
Todas las regiones, ciudades y pueblos poseen riquezas patrimoniales tangibles e intangibles, por eso, la función de estas áreas de cultura es proteger y preservar ese patrimonio cultural, que puede incluir monumentos históricos, destinos turísticos, sitios arqueológicos, tradiciones orales, danzas, música y festivales, entre otros.
Facilitar el desarrollo la investigación, así como de las artes visuales, escénicas, plásticas, danzarías, literarias y musicales, entre muchas más, proporcionando recursos y programas de apoyo a artistas y creadores, es objetivo central de los administradores de la cultura; para ello deben diseñar estrategias y programas con los que logren cumplir, no solo los propósitos consignados en los Planes de Desarrollo, sino llevar a cabo jornadas y certámenes que pongan en la vitrina pública dichas manifestaciones.
Quizá el elemento clave de cualquier administrador de cultura es el desarrollo de programas y procesos de formación artística y cultural, asunto sobre el cual se encuentra la base y la columna de todo el accionar, por cuanto son estos métodos los que garantizan el surgimiento de cultores renovados y tras de ellos, la creación de públicos cualificados convertidos en los consumidores finales de los productos culturales y aunque los procesos se asocian al aprovechamiento del tiempo libre, es más que eso, es la semilla y cultivo del crecimiento intelectual y humano.
De estos procesos surgen agrupaciones y figuras de proyección que se convierten, luego, en orgullo colectivo de representación de las localidades y regiones en el concierto nacional e internacional y muchos de esos embriones optan por hacer del quehacer artístico su propio estilo de vida para su futuro desarrollo profesional. Ésto obliga a los administradores de cultura a darle un tratamiento serio y técnico a estos espacios formativos, apartándose de cualquier manoseo político y personal que pueda mandar al traste los sanos idearios por habilitar modelos pedagógicos que finalmente moldean la creación de un nuevo ciudadano.
No menos importantes son las escuelas de artes y oficios que generan avances significativos para los creativos dedicados a la producción de elementos alegóricos donde se representan las riquezas ancestrales originarias de las comunidades y el invento de nuevos símbolos que sirven para promocionar y vender los destinos en el ámbito regional, nacional y el exterior.
El estímulo a la industria cultural y creativa como un motor económico, apoyando a emprendedores culturales y promoviendo la exportación de bienes y servicios es muy necesario en los actuales momentos de auge de la oferta y la demanda, donde se establecen canales de proyección a los artesanos para el sostenimiento y fortalecimiento de sus talleres de creación y el surgimiento de empresas pequeñas, medianas y de gran tamaño, como valor agregado al crecimiento de las finanzas comunitarias.
La cooperación internacional es clave en el desarrollo y creación de políticas públicas de largo aliento, por cuanto participar en iniciativas internacionales para promover la diversidad cultural, logrando intercambios artísticos y colaboración en proyectos a nivel global es fundamental para la promoción y proyección de los valores ancestrales y el talento local, llevados a otros escenarios de visibilización donde se puedan desarrollar nichos de productividad que garanticen vida digna a los cultores.
Los encargados de la administración cultural deben establecer normativas para el sector, garantizando el cumplimiento de leyes relacionadas con la protección del patrimonio, derechos de autor, la igualdad, la inclusión y otros asuntos legales pertinentes, que son reguladas por los organismos rectores del menester artístico y cultural y por los entes de control que velan por la inversión acertada de los recursos públicos.
La infraestructura cultural es clave en esta área, por lo que se hace necesaria la inversión en la dotación, construcción y adecuación de espacios físicos para el desarrollo de las actividades, tanto formativas como aquellas que finalmente se llevan a la escena y para ello las sedes de escuelas de capacitación, los teatros y auditorios calificados, los museos, las bibliotecas y otros espacios son más que urgentes y en su creación y habilitación o no, se mide mucho la capacidad de gestión de un administrador de cultura.
Una agenda nutrida y permanente de eventos, como elemento vitalizador de la dinámica social, mide mucho a los hoy llamados secretarios y directores de estas sectoriales, por cuanto es allí donde se generan verdaderas dinámicas para la comunidad y una interrelación constante entre los nuevos públicos y los artistas.
En este punto es muy importante la planeación y organización de una agenda cultural donde se garanticen, tanto eventos de pequeño, mediano y gran formato, como espacios dignos para los cultores y espectadores, quienes reclaman siempre por el desarrollo de certámenes con una estructura organizativa asertiva y unas condiciones de producción mínimas para los artistas, además del pago merecido por sus servicios culturales.
En esas agendas sobresalen los eventos icónicos que tienen un reconocimiento global, para los cuales se deben establecer planes de salvaguardia que velen por el fortalecimiento de su filosofía inicial y los objetivos que dieron origen a su creación, asunto muy delicado de llevar, por cuanto, todos quieren estar en ellos y todos reclaman espacios en el desarrollo de los mismos y esto por supuesto mide en gran parte la capacidad gerencial de los administradores de cultura.
Por otra parte, la promoción de la diversidad cultural y la inclusión, reconociendo y valorando las diferentes expresiones presentes en el país, es también apremiante en instantes donde la igualdad y la aceptación de manifestaciones individuales, han sido reconocidas por los estados, dejando sobre la mesa una extensa variedad de expresiones a las que se debe dar cabida en el, hoy, abanico inmenso de posibilidades.
El apoyo a festivales y eventos culturales, el financiamiento y respaldo a las actividades que por tradición se desarrollan por parte de asociaciones, fundaciones y corporaciones es vital, por cuanto estos eventos promueven la cultura a nivel nacional e internacional y la realización de esas jornadas hacen parte ya del acervo histórico. Muchos de esos festivales y espacios están declarados como patrimonio, asunto que obliga aún más la inversión en ellos por parte del estado.
La circulación de artistas y cultores es vital, por ello quienes administran cultura, deben proveer recursos para que los talentos locales lleguen a los escenarios del país y el mundo dependiendo el área de la expresión artística, logrando no solo la promoción del artista, sino el reconocimiento del destino para colocarlo en la oferta nacional e internacional, estrechando lazos de cooperación mutua.
Con el auge de las redes sociales y los sistemas de comunicación, los administradores de cultura deben garantizar el surgimiento de espacios de comunicación, llámese radio, prensa o televisión, para llevar entretenimiento a la sociedad a través de la transmisión en vivo de los eventos de la agenda cultural, así como el surgimiento de escenarios de reflexión y difusión de las manifestaciones artísticas y culturales en la voz de sus protagonistas.
Es importante tener en cuenta que éstos tan sólo son ejemplos generales porque la implementación específica de programas y prioridades puede variar a lo largo del tiempo y en función de las administraciones gubernamentales.
Como se puede apreciar, el reto en materia de cultura es muy grande y que se le apueste o no a este sector depende en gran parte, tanto del dueño de la chequera, es decir, gobernadores y alcaldes, como de la capacidad de gestión de los hoy llamados administradores de la cultura en Colombia y Latinoamérica.











