Un espacio de información y libertad
«Menos palabra y más acción»…
Compartir
Habitamos en una sociedad que a menudo utiliza la habilidad del discurso y la palabra para lograr propósitos personales, distraer a la opinión pública y salirle al paso a los problemas, de manera mediática.
“Menos palabrería y más acción” es una forma directa de decir que se deben tomar medidas concretas en lugar de simplemente hablar sobre lo que se debería hacer, y es un claro ejemplo de lo que ocurre cuando un líder, se limita a platicar de los problemas, pero no de los resultados que lleven a prontas y definitivas soluciones.
Una opinión generalizada es la que señala a los políticos que hacen promesas durante las campañas electorales, por lo que los votantes acuden a las urnas para inclinar su favoritismo por quienes ellos consideran pueden cumplir esas promesas, y todo porque han creído en su florido lenguaje expresado en encendidos y ovacionados discursos.
Pero aquí es bueno señalar también, que en el escenario estatal hay un tramo enorme entre el «comuniquese, publiquese y el cúmplase», porque así las buenas intenciones asistan a muchos administradores, la tramitología, la corrupción, las viejas mañas de los mandos medios, la doble moral y los intereses de terceros, enredan tales acciones y en ocasiones las mandan al traste, quitándole toda autenticidad a la palabra empeñada.
Las personas pueden cansarse de discutir sobre problemas sociales, por lo que prefieren involucrarse activamente en cambios reales y eso incluye participar en protestas, trabajar en organizaciones sin fines de lucro, o crear iniciativas comunitarias; sin embargo, muchos de los que están «mamados» de escuchar tanta disertación vacía se han ido a engrosar las filas de la subversión, atraídos por otra forma que, según ellos, puede lograr maniobras concretas para cambiar tan precarias mundologías.
En nuestra vida diaria «menos discurso y más acción» podría significar dejar de hablar sobre metas y sueños, y en su lugar, dar pasos firmes hacia la consecución de idearios por más difíciles y utópicos que a veces parezcan tales empeños.
En las relaciones interpersonales puede figurar dejar de repetir promesas ahuecas y, en cambio, mostrar compromiso a través de ejercicios tangibles, porque decir “te amo» a los golpes o cometiendo toda clase de atropellos, no es una manera lógica de traducir tan sentido y desgastado vocablo.
A mi modo de ver y con el mayor respeto, me atrevo a afirmar por lo recorrido y lo vivido, que estamos en una sociedad a veces discursera, que se adorna y rebusca términos del acopiado diccionario para decir y repetir cuanta cosa se ocurre, utilizando una convincente y peligrosa perorata que enreda hasta el más incauto desprevenido.
Aunque las abuelas afirman que “la palabra tiene poder”, no basta con pronunciar alocuciones llenas de verborrea refinada, donde se idealizan propósitos y se llevan a escenarios ficticios la solución de los problemas; habladurías que por desgracia llegan a oídos de ingenuas personas que aún creen en la palabra y se convierten en defensores equívocos y acérrimos de tales quimeras.
Pasar de la palabra a los hechos es un completo desafío, porque se tiene que experimentar momentos de dificultad donde los palos a la rueda, la intriga, la envidia, los codazos y la hipocresía son fantasmas vivos que hay que vencer a diario; sin embargo, los hechos corroboran la profundidad de nuestra huella por la vida y nos convierte en colonizadores de colosales anhelos que a la postre se reconocen con el tiempo y se transforman en evidencia imbatible y perecedera.
“Yo ya lo había pensado” dicen los injuriosos cuando ven el sumario de las tareas del otro , afirmación con la que los picoteros y enredadores pretenden opacar a aquellos que hablan poco y muestras resultado, tras resultado.
“Por sus obras los conoceréis” se consigna en el «Sagrado Libro», reflexión sabia que condena la charlatanería y la reemplaza por hazañas reales utilizadas luego en carta de presentación con la que se certifica la experiencia, el conocimiento y el recorrido, porque no hay mejor currículo que aquel donde se consignan logros, cifras y evidencias testimoniales de lo realizado.
Mientras los soñadores logran sus aciertos, otros siguen contaminando el ambiente con altos decibeles de incoherencias donde el verbo engañoso es su arma, escudo y único aliado.
Moraleja: Que las acciones emulen en todo momento nuestras palabras, «diciendo y haciendo» de manera hilada, coherente y simultánea.











