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“Pene sin pena”
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En nuestra cultura aún persiste una peligrosa herencia del silencio. Un silencio que se disfraza de pudor, de buena crianza, de supuesta decencia, pero que no es más que ignorancia heredada y moralidad disfrazada.
Hablar del pene, ese órgano masculino del que todos sabemos, pero pocos nombran, sigue siendo un tabú en muchos hogares, escuelas y espacios de formación, incluso cuando hacerlo puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Desde niños nos enseñan, erróneamente, que ciertos temas «no se hablan en la mesa», que «eso no se toca», que “eso no se dice”. Y así, generación tras generación, se ha perpetuado la censura sobre la salud sexual masculina como si fuese un asunto de vergüenza, cuando en realidad es un imperativo de responsabilidad y humanidad.
¿Cuántas enfermedades de transmisión sexual, infecciones, malformaciones o incluso cánceres genitales se podrían haber prevenido si los hombres tuvieran la libertad de hablar sin pena sobre su cuerpo? ¿Cuántas vidas se han perdido simplemente por no consultar a tiempo, por miedo a la burla, al juicio o al estigma? y… ¿cuantos dolorosos episodios de abuso y aberraciones se pueden evitar si habláramos de la educación sexual de manera clara y abierta desde la primera infancia?
Por lo tanto, hablar del pene con naturalidad no es vulgar, es necesario y educar sobre sus funciones, cuidados, higiene, cambios, alertas y riesgos no debe ser visto como una amenaza a la moral sino como un acto de madurez social porque en pleno siglo XXI, seguir guardando silencio frente a este y otros temas, no solo es un atraso cultural, sino una condena.
Para conocimiento de los que se alarman por tocar este tema, les cuento que, según las investigaciones, los datos son alarmantes, ya que, el cáncer de pene, aunque poco frecuente, sigue cobrando vidas debido al diagnóstico tardío.
La falta de educación sexual clara y científica lleva a que muchos hombres desconozcan los signos de alerta de una enfermedad venérea, de un virus del papiloma humano (VPH), de una fimosis o una infección bacteriana grave; y lo peor, sienten vergüenza de preguntar.
La masculinidad no debe seguir anclada en el silencio, toda vez que un verdadero hombre es el que se cuida, el que pregunta, el que se revisa, el que se atreve a decir “algo no está bien” y busca ayuda sin miedo, por lo tanto, hablar del pene no es una licencia para la vulgaridad, es una oportunidad para la vida.
Urge derribar los muros de la censura y la envoltura mojigata. Padres, hablen con sus hijos, educadores, abran espacios de conversación, médicos, insistan en sus campañas, medios, pierdan el temor a nombrar lo innombrado; porque si no nombramos el cuerpo, no podremos defenderlo, y si no defendemos la salud, la ignorancia nos seguirá pasando la cuenta.
“El pene sin pena” es el tema de mi columna de esta semana. Así, sin eufemismos ni dobleces, porque hablar claro es prevenir y callar, muchas veces, es sentenciar.
Muchos se preguntarán, con ceja levantada y tono sarcástico: “¿Y este por qué resultó hablando de ese tema?”. La respuesta es tan simple como urgente; porque el cuerpo no se calla, porque la salud no se posterga, y porque el silencio, ese cómplice de tantas tragedias, ha hecho ya demasiado daño, gracias al mutismo secuaz que no es otra cosa que meter en cofre con llave extraviada, lo que debe estar como las cartas, expuestas sobre la mesa.
No se necesita haber estudiado medicina, ni tener un diploma en Harvard en salud sexual, para atreverse a hablar de estos temas. No!!!. Lo que se requiere es algo mucho más elemental: quitarnos las caretas del pudor soterrado, dejar atrás los disfraces de falsa moral y atrevernos a mirar de frente una realidad que nos compete a todos, sin importar clase, género, credo o posición social; porque la salud sexual no es privilegio de unos pocos, es un derecho humano y una responsabilidad colectiva. Y mientras sigamos tratando estos asuntos como si fueran indecorosos, seguiremos caminando al borde del abismo con los ojos vendados.
Hablar del pene sin pena. Así de claro. Es hablar del cuidado que nos debemos, de la educación que les debemos a nuestros hijos, y del derecho que todos tenemos a conocer nuestro cuerpo sin censura. Hablar para prevenir o callar para morir, así de simple.











