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¿Será posible dejar de replicar narrativas y recuperar el pensamiento?
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La mayor tragedia intelectual de nuestro tiempo no es la mentira toda vez que las sociedades siempre han convivido con ella y han aprendido, con mayor o menor fortuna, a enfrentarla.
Lo verdaderamente alarmante es haber perdido la capacidad de reconocerla cuando adopta la apariencia de verdad y, más grave aún, cuando termina siendo defendida por quienes creen haber llegado a ella mediante un ejercicio de reflexión.
Hemos tocado a un filo altamente peligroso, en el que millones de ciudadanos ya no elaboran sus propias conclusiones; simplemente reproducen las narrativas que otros diseñaron para ellos, convencidos de que esas ideas les pertenecen.
La crisis contemporánea no es exclusivamente política, mediática o tecnológica; es, ante todo, una crisis del pensamiento; una fractura epistemológica que compromete la manera como construimos conocimiento, interpretamos la realidad y ejercemos la libertad intelectual.
Nunca la humanidad había tenido acceso a semejante volumen de información y, paradójicamente, nunca había sido tan vulnerable a la manipulación sistemática de sus percepciones.
Antonio Gramsci advirtió que la dominación más eficaz no era la que se imponía por la fuerza, sino aquella que lograba instalar una hegemonía cultural capaz de hacer que una sociedad aceptara como naturales las ideas del poder.
Por su parte Walter Lippmann explicó cómo la opinión pública podía fabricarse mediante imágenes simplificadas de la realidad, mientras que Edward Bernays demostró que era posible orientar el comportamiento colectivo administrando emociones antes que argumentos.
Décadas después, la revolución digital perfeccionó ese mecanismo hasta convertirlo en un sofisticado sistema de ingeniería del consentimiento donde los algoritmos conocen nuestras emociones, anticipan nuestras reacciones y terminan administrando buena parte de nuestras decisiones.
Vivimos inmersos en un escenario donde la narrativa ha desplazado al acontecimiento y donde el relato vale más que la evidencia y poco importa lo ocurrido si alguien consigue construir una interpretación emocionalmente más eficaz.
Y es que la posverdad no consiste simplemente en mentir; consiste en hacer irrelevante la verdad y cuando el impacto emocional adquiere mayor importancia que la comprobación de los hechos, la realidad deja de ser el punto de partida del debate público para convertirse en un elemento secundario frente a la utilidad política de una historia bien contada.
Pero quizá el fenómeno más inquietante no sea la existencia de quienes diseñan de manera estratégica y premeditada esas narrativas, sino la facilidad con la que la sociedad ha aceptado convertirse en su vehículo de propagación.
Nos hemos acostumbrado a reproducir, multiplicar y repetir discursos ajenos con una disciplina que pocas veces dedicamos a examinar su sustento y compartimos frases ingeniosas sin conocer su contexto, defendemos afirmaciones cuya veracidad jamás hemos comprobado y terminamos convirtiéndonos en amplificadores de relatos que otros elaboraron con precisión quirúrgica para moldear nuestra percepción de la realidad.
Hemos sustituido el análisis por la repetición y cada vez son menos quienes se detienen a contrastar fuentes, verificar datos o comprender la complejidad de un fenómeno antes de emitir un juicio y en cambio, proliferan quienes hablan con absoluta seguridad sobre asuntos que jamás han estudiado, que jamás han leído, que nunca han hecho y cuya dimensión desconocen por completo, porque la convicción ha terminado reemplazando al conocimiento y la emoción que al mejor estilo de la efervescente espuma, ha desplazado al razonamiento.
Tal vez esa sea la mayor victoria de los nuevos caudillos porque ya no necesitan ocupar balcones ni convocar multitudes en las plazas públicas. Les basta dominar el lenguaje, administrar las emociones y fabricar relatos suficientemente seductores por sus redes para que otros hagan el trabajo de multiplicarlos.
Son expertos en construir enemigos, simplificar la realidad, dividir a la sociedad entre buenos y malos y ofrecer respuestas inmediatas a problemas cuya complejidad exigiría años de estudio.
Poseen una pasmosa habilidad para cautivar con la palabra, para seducir mediante una retórica aparentemente redentora y para embaucar la inteligencia de quienes, por falta de análisis o por comodidad intelectual, terminan aceptando sus discursos como verdades incuestionables.
Su mayor éxito consiste en lograr que millones de personas reproduzcan espontáneamente sus narrativas creyendo que están ejerciendo pensamiento crítico y es así como, hombres y mujeres de todas las edades terminan actuando como cajas de resonancia de ideologías ajenas, como repetidores automáticos, como auténticos loros del discurso político en el que se recitan consignas con admirable memoria, aunque desconozcan el significado profundo de aquello que defienden. Se indignan por encargo, celebran por reflejo, condenan sin argumento y refutan con frases prefabricadas cuya arquitectura intelectual jamás han examinado.
Ese es el triunfo más sofisticado de la manipulación contemporánea: conseguir que las víctimas de una narrativa crean que las ideas implantadas en su conciencia son producto de un razonamiento propio, porque la propaganda alcanza su máxima eficacia cuando deja de parecer propaganda y comienza a ser defendida voluntariamente por quienes fueron objeto de ella, instante en que el poder ya no necesita censurar, perseguir ni imponer porque le basta observar cómo la sociedad reproduce y protege los relatos que otros diseñaron para persuadir su manera de pensar.
El periodismo tampoco puede declararse ajeno a esta responsabilidad. Una parte importante de los medios ha abandonado su misión de investigar para asumir el cómodo papel de administradora de narrativas. Allí donde deberían existir tejido, contraste y verificación, aparecen el espectáculo, la confrontación permanente y el rendimiento de las métricas y por eso, cuando el periodista deja de buscar la verdad para convertirse en constructor de relatos ideológicos, renuncia a la esencia misma de su oficio y contribuye, consciente o inconscientemente, a la fabricación de consensos artificiales.
La verdadera batalla de nuestro tiempo, por tanto, no se libra únicamente contra la mentira. Se libra contra la pereza intelectual, contra la comodidad de aceptar respuestas prefabricadas y contra la renuncia voluntaria al pensamiento autónomo. Recuperar la capacidad de preguntar, de dudar, de verificar, de leer con profundidad y de confrontar las propias convicciones constituye hoy un acto de resistencia cultural. Pensar se ha convertido, paradójicamente, en un ejercicio contracultural.
El día en que la sociedad recupere el valor del pensamiento libre, el hábito de la lectura crítica y el rigor del análisis, las narrativas dejarán de gobernar la realidad y volverán a ser lo que siempre debieron ser: simples relatos sometidos al juicio de ciudadanos capaces de distinguir entre la propaganda y la verdad, entre el discurso y la evidencia, entre la seducción de los falsos caudillos y la irrenunciable libertad de pensar con autonomía.











