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Somos el resumen de lo que hemos hecho

Jul 22, 2025

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En el extenso camino de la vida, somos, sin adornos ni excusas, el resultado de nuestras decisiones, nuestras acciones y nuestras omisiones.

Y es que, lo que hemos hecho, para bien o para mal, se convierte en una especie de biografía tácita que nos acompaña, tatuada no solo en la piel, sino en el registro moral de quienes nos rodean, porque somos, en esencia, el resumen de lo vivido.

No se trata de condenar el pasado ni de negar la posibilidad de redención, toda vez que el ser humano, por fortuna, es perfectible, lo que significa que puede cambiar, aprender, evolucionar, y tiene el derecho legítimo a rectificar, a asumir errores y a corregir el rumbo.

Pero esa capacidad no borra el rastro que hemos dejado; simplemente lo resignifica, porque lo hecho, hecho está y no desaparece, no se diluye, persiste como parte de la historia que nos narra y nos revela, incluso cuando ya no queremos que lo haga, aparece como una sombra inevitable a la que quisiéramos ignorar, pero no. Ahí está y ahí permanecerá por siempre.

Por eso, conviene actuar con prudencia y humildad; especialmente quienes hemos cometido errores garrafales, errores que han lastimado, que han marcado, que han causado daño, debemos comprender que no siempre tenemos la autoridad moral para juzgar con dureza a los demás, y no por un falso relativismo, sino por simple coherencia ética, porque cuando la vida nos ha mostrado con crudeza nuestras propias debilidades, lo menos sensato es levantar la voz como si fuéramos dueños de una verdad incuestionable.

Rectificar no nos otorga superioridad moral. Corregir no nos convierte en jueces. Aprender del error no nos autoriza a dar cátedra como si jamás hubiéramos fallado. La prudencia, en estos casos, es más valiosa que cualquier arenga y el silencio respetuoso, más elocuente que mil discursos de moralidad y rectitud, adornados con frases célebres que para nada coinciden con nuestro récord de acciones.

Tampoco es sano caer en esa repetición de la puerta giratoria donde se falla, se pide perdón, se sale y se vuelve a ingresar recayendo una y otra vez en el error y en la repetición de los actos fallidos, a sabiendas que los que nos quieren volverán a perdonarnos. De ahí que se diga con vehemencia, que… “el que es no deja de ser”

Este llamado no es una negación del deber de denunciar injusticias o de señalar el mal; es una invitación a hacerlo desde la empatía, desde el reconocimiento de nuestra propia imperfección, porque cuando olvidamos de dónde venimos, cuando desatendemos la memoria de nuestras caídas, corremos el riesgo de convertirnos en los mismos jueces despiadados que una vez nos condenaron sin entender, y nos señalaron con el dedo inquisidor del justiciero implacable.

Por supuesto que somos también el resumen de lo que hemos hecho como nación, no solo en los grandes acontecimientos históricos, sino en las decisiones cotidianas que hemos tomado como sociedad.

Cada ley aprobada, cada voto emitido, cada protesta en las calles o silencio cómplice ha contribuido a forjar el país que hoy habitamos y por lo tanto Colombia es, en gran medida, el reflejo de nuestras luchas, nuestras omisiones, nuestras esperanzas y nuestras contradicciones.

Hemos diseñado caminos de paz, pero también hemos sido testigos del eco de la violencia. Hemos levantado puentes de solidaridad, pero también hemos permitido grietas de desigualdad, y es en esa mezcla, a veces dolorosa, a veces esperanzadora, donde se encuentra nuestra verdadera usanza.

Las comunidades, en su andar cotidiano, han hilado una memoria viva hecha de esfuerzos, sueños y resistencia porque, cada clan que se organiza, cada colectivo que siembra cultura, cada campesino que labra su tierra pese al olvido, es parte de ese resumen al que hoy me refiero.

El país no es solo lo que fue escrito en los libros o sellado en los archivos oficiales; también es la suma de los aciertos que nos enorgullecen y los errores que aún necesitamos reconocer y corregir, porque si hoy somos una nación que aún busca justicia, equidad y dignidad, es porque nuestro historial así lo exige: un compendio de aprendizajes, de heridas abiertas, pero asimismo de una voluntad que se niega a rendirse y en ese espejo de lo andado, está la imagen de lo que podemos llegar a ser.

Dicho esto, la vida es entonces, en gran parte, un proceso de construcción y reconstrucción, y en ese sumario, cada acción deja una marca, algunas son cicatrices, otras enseñanzas, pero al final todas cuentan, todas nos definen y todas, conforman ese compendio que nos muestra el relato enérgico de lo que hemos hecho.

Concluyo recordando uno de los tantos y maravillosos versos de la aplaudida cantautora Graciela Arango de Tobón: “Que, aunque te lavaras y de piel cambiaras, seguiría mi huella, palpitando en ti” ….

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